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Me
preguntó una vez un perodista cuáles eran mis
cantantes favoritos. Cite tres. Y entre los tres no estaba Serrat.
¿Y Serrat?, me dijo alarmado. ¿Serrat?
Serrat es aparte. Es otra cosa. Es el maestro, le aclaré.
Serrat ha sido efectivamente el maestro de todos nosotros. De
todos los que cuando tomamos una guitarra para sacarle un LA,
un RE y un MI con los que entonar La primera comunión,
que ponían todos los días en los discos dedicados
de nuestras emisoras locales, decidimos que esa guitarra tenía
que servir para cambiar el miserable mundo que veíamos
desde nuestras aulas. Gracias a él uno entendió
que una canción podía servir para cantarle a las
muchachas un sentimiento desconocido, servía también
(Le llamaban Manuel / nació en España)
para recitar una tristeza infinita, en aquellos tiempos en que
la tristeza estaba prohibida en las canciones, qué
felices seremos los dos, viviendo en mi casita de papel
o mirando al mar soñé.
Cuando yo aprendí ese LA-MI-RE quise aprender Ara
que tinc vint anys. Así, en catalán. Y luego
Poema de amor. Y luego, Llorando en la capìlla,
de Elvis, en versión de Francisco Heredero. Gracias a
Serrat yo supe que quería ser cantautor, porque si no
hubiese conocido sus canciones habría acabado como vocalista,
que es lo que yo era con 14 años en la Orquesta Bahía
de Alloza, mi pueblo...
Serrat nos dijo a todos: mira, se puede trabajar con la ternura
sin ser cursi, se puede contar a una chica que la lumbre del
hogar es el sitio ideal de una casa para vivir el amor, que
en Belchite de todos tus hermanos que murieron en la guerra
acunaban a tu madre en un paisaje violento y helador. ¡Eso
eran canciones! Y tomamos la guitarra y comenzamos día
y noche a sacar los acordes, a copiar palabra por palabra la
esencia inimitable de sus metáforas únicas, de
sus deslumbrantes imágenes. Copiamos. Calcamos. Plagiamos.
Imitamos. Todos absolutamente. Y sólo muy de vez en cuando
nos salía un versito decente que nos decía esto
podría ser de Serrat. Qué ilusos.
Conocí a Juan Manuel mucho tiempo después, al
principio de los 80, cuando llegó a Zaragoza para dar
un concierto en la plaza de toros. Cenamos con los músicos
y tras la cena en la entonces Posada del Mastín, el dueño
Fernando, le trajo una sorpresa hasta la mesa. Invitó
a Pilar Herrando y sus jovencísimas hijas a cantarle
unas jotas. Yo le tengo pavor a las jotas en los restaurantes,
y supongo que Juan Manuel se echó a temblar cuando descubrió
el cuadro. Jotero. Pero Pilar (¿dónde andará
ahora?) no es una jotera estrictamente. Es una intérprete
de nuestro folclore, de esa jota austera que se entona en las
masadas del Saso, en las oliveras de Lécera, en los trigales
de Ejea, en las neveras de Boltaña. A mi me hace llorar
Pilar cuando entona suave, amoninico, decimos en Aragón,
una magallonera de enamorados. Eso le cantó sin gritar
a Juan Manuel y sus invitados esa noche en la Posada. Jotas
moras, coplas dulces del folclore seco y recio de su Aragón.
No me atreví a mirar a la cara a Juan Manuel porque vi
que tenía la vista perdida, añorando quizás
esos sonidos que alguien de pequeño le había cantado
en la cuna, cançó de bressol...
Nos hemos visto de vez en cuando, le he entrevistado varias
veces, siempre con complicidad, sin pretender nunca obtener
palabras llamativas para un titular sino sus palabras tan elocuentes,
su pensamiento tan claro y mortal, en unos tiempos en que sólo
llama la atención el desplante, la descalificación,
la burla o el desatino. Serrat posee la sabiduría del
que lo ha visto todo y te lo cuenta con remanso.
En alguna de esas conversaciones tuvimos oportunidad de hablar
de música y supe directamente (aunque se adivina en sus
canciones) que ha bebido de fuentes tan caudalosas como la copla
española, empapándose de esa manera de componer
que los maestros León y Quiroga transformaron en arte
popular. En arte. Historias bien hiladas, relatos con carne,
personajes vivos. Y está el frente galo: Aznavour, Brel
y Brassens. Esos son sus pilares musicales, poetas de la canción
francesa, de la chanson, maestros en el arte de rimar sentimientos.
La tieta de Serrat tiene ese aire melancólico
de las canciones de Charles Aznavour, de aquella Venecia
sin ti o La mamma. Paraulas de amor,
nos recuerda los paisajes que el maestro Brel dibuja desde la
sabiduría de lo femenino, ahí en Ne me quitte
pas o Chanson sans paroles. Georges Brassens
está en todas las descripciones, en las historias callejeras,
con héroes anónimos que se enfrentan a cualquier
poder. Le llamaban Manuel ha bebido en el caldo
sombrío de Pauvre Martin, por ejemplo. Alimento,
se llama esa figura. Comer y beber de todos los que nos precedieron,
de nuestros contemporáneos, para extraer un zumo nuevo
que tiene padre y madre en este universo sonoro donde todos
hemos mamado. Se canta lo que se pierde, dijo su
admirado Machado, y no se equivoca. Siempre estamos cantando
la misma canción. No hay otra. Una melodía de
sentimientos profundos, de tristezas infinitas o de inmensa
locura cuando el amor nos emborracha con malvasía...
Yo no puedo comprender cómo este hombre puede cargar
en sus espaldas con todo ese peso de afectos, de admiraciones,
de honores, de imitaciones, de historias que ya son nuestras...
Por fortuna, sin apenas críticas. Decía alguien
más sabio que yo que un hombre no está diseñado
para acumular en su cuerpo demasiada fama. Que nuestro chasis
puede soportar el choque de una tribu, de un pueblo, donde el
roce con los vecinos se hace admisible. Pero de ninguna forma
estamos preparados para meter en nuestro cerebro la influencia
de millones de personas, de datos, de cifras, de miradas, de
gestos, que se dirigen hacia nosotros. Juan Manuel Serrat es
la excepción. Ha podido soportar esa carga con una serenidad
apabullante, aunque a lo mejor, esa descarga de su corazón
ha sido un pequeño aviso. Un corazón repleto de
energía, de tantos cariños recibidos, pero también
sufriendo enormes descargas. Por todo eso, ahora quizás
lo entiendo yo también, Juan Manuel, hijo del obrero
Josep y de la costurera Angeles, es otra cosa. Incatalogable.
El que nos enseñó este modesto oficio de rimar
palabras. Para enamorar a las muchachas. Ese es el secreto.
Joaquín
Carbonell
Publicado en Acordes
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